Tulipanes para Zamudio

Tulipanes para Zamudio
Tulipanes para Zamudio (clic en la imagen para comprar), o escribir a jgcozzolino en gmail. También disponible en Amazon: https://www.amazon.com/s/ref=nb_sb_noss?url=search-alias%3Daps&field-keywords=tulipanes+para+zamudio

Bonito / Yo soy aquel

Bonito / Yo soy aquel
facebook.com/golpesypatadas

18.3.17

Bonito / Yo soy aquel - En Amazon

L. Höss, tras un viaje a una isla del Pacífico, escribe muy molesto dos cuadernos, "Bonito" y "Yo soy aquel", donde reflexiona acerca del amor, la moral, la sexualidad, la homosexualidad, el nacionalsocialismo, el grunge, los años noventa, las chicas fáciles, el sacramento de la reconciliación, la virginidad, la prostitución y la importancia de ser dueño de un Jaguar. Con lenguaje adulto, una lancha y al menos dos o tres hombres desnudos, también una mujer se quita la ropa frente a las cámaras.

https://www.amazon.com/dp/B06XQ6BD5M/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1489805517&sr=8-1&keywords=bonito.+yo+soy

15.3.17

Golpes y Patadas

Nacida en un baño de la AAK, Golpes y Patadas está de regreso. Aquí podrán mayores novedades. (En este link pueden ver el triste final de la revista -ahora algo más que eso- en su triste y nunca visitado blog. Que es este. Haciendo clic. Acá).

2.3.17

Puerta - Limón - Sumo Sacerdote

Llevo una puerta por la calle. La puerta tiene unas ruedas en su parte inferior. Unas ruedas metálicas. Brillan. (Ver Chevalier y Gheerbrant, puerta-transición).
Güemes 3066, Palermo. Edificio piso 9 a la calle en venta. Anciana que me conoce. Vende el depto entre US$ 80.000 y US$ 82.000. Con préstamo del Banco Ciudad, me dice, puedo tener un descuento de hasta el 8% (es un sueño, esto no tiene lógica).
Apoyo la puerta a la entrada del depto.
Lo recorro.
La anciana me dejará un mueble en el living, una cama, otras cosas más. El living tiene una alfombra clara.
Frente a ella vive otra anciana. Las 2 me conocen. Ya sabés por qué.
La yegua se me acerca enterada de la noticia. Pretende que compremos el depto. Yo pienso en I. Quiero que con I. compremos el depto. Pero yo no tengo plata, naturalmente. La yegua quiere "comenzar de nuevo". Aprieta a mi vieja, le exige que apure los trámites "con la escribana". Mientras le habla y grita por teléfono despliega una carpeta con hojas compuestas por "carne" de limón. Con un elemento punzante clava, mientras ordena, una parte de esa "carne". (Limón, corazón humano, también pureza).
Hay un salto medio inconexo. P y P, los ciclistas, también tienen intenciones de comprar el piso 9 de Güemes 3066. Hay también otro depto en venta. Me debo apurar para tomar una decisión.
Otra vez en el depto, junto a la yegua (en el depto del piso 9): ella cuelga el teléfono y yo le surto todo lo que es, con una mano la tomo del cuello, con la otra le hundo el pulgar derecho en la frente; sus ojos saltan. Ella niega lo que le digo, lo termina aceptando.
Otro salto inconexo más. Le comento a I. en Flores la oportunidad del depto. Vamos a la iglesia. Carol Wojtyla tiene unos 60 años, vive con una mujer, ha vuelto a ser elegido Papa, oficia la misa, pero el sermón lo da el padre Farinello. I. queda conforme, le recuerda a las misas de su infancia. Dice que no es un exagerado, que fue claro y conciso. A mí me resultó insípido. Wojtyla, dicho sea de paso, está en forma física. En muy buena forma.
De vuelta en el depto del piso 9, José Sacristán, que es vecino del edificio, golpea la puerta. Pide que abra. Se enteró que estoy ahí con la yegua. Está enamorado de la yegua. La yegua también lo cuerneó. Pobre Sacristán. Me río de él, le imito el acento. El tipo se vuelve loco, rompe la puerta, entra, me quiere romper la cabeza. Yo corro por el departamento, riéndome.

15.2.17

Salgo por las noches con mi pistola

Papá se fue un día de casa. Un sábado de agosto. Dejó los roperos sin su ropa. Dejó la cama sin su rastro. Un día de casa se fue papá.
¡No!, dijo mamá. ¡No!
Y que no lo podía creer.
Se puso a llorar mamá. Ya no se querían, peleaban mucho, se insultaban mucho, se pegaban mucho. Pero mamá no se lo esperaba.
¡No puede ser tan hijo de puta!, gritó mamá.
Yo me metí bajo la cama.

Papá se fue a vivir primero con mi abuela.
Mi abuela se agarró la cabeza cuando me vio la primera vez que papá me trajo a su casa ya separado.
¿Y qué le doy de comer?, preguntó mi abuela.
Mi abuela también estaba separada. Ahora está vieja. Le gustaban los hombres a mi abuela. Bastante. El último que tuvo fue un jardinero. Papá no fue feliz mientras mi abuela anduvo con el jardinero. Papá nunca me dijo que su madre había estado con un jardinero. Mamá me lo dijo. Una vez. Mientras me contaba un cuento. Papá no regresaba a casa. Era la madrugada. Bien tarde. Yo no me podía dormir. Mamá me contaba un cuento con duendes y de repente me dijo Tu abuela vive con un jardinero. ¿Eh? Sí, ¿no te contó tu padre?
Me quedó grabado.
Eran épocas tristes como todas en casa, pero esas tal vez más. Papá no me llevaba a lo de la abuela. Papá salía mucho. Cuando estaba en casa la puteaba a mamá hasta en escocés. A mí me llamaba Pendejo. Pero nunca me levantó la mano papá. Mamá sí me levantaba la mano. Una vez mamá me pegó con el secador. Lo tenía encendido. Me quemó una pierna.
Mamá me contó más cosas de mi abuela. Parece que mi abuela salió con muchísimos hombres. Una vergüenza.

Ahora papá ya hace mucho que no vive con mi abuela. Mi abuela está sorda. Y muy vieja.
Uno no puede creer que esa mujer llena de arrugas alguna vez fue como mamá, como papá. Uno no puede creer que se la chupaba al jardinero en el galpón.
Mi abuelo todavía vive; el jardinero, dicen, se murió. Mi abuelo todavía vive con una señora más joven. Es pelado mi abuelo.
El novio de mamá también es pelado.
Es tetona la señora de mi abuelo. Se llama Miriam.
Mamá dice que Miriam siempre gustó de papá.
Otra noche, contándome un cuento, me contó mamá que mi otro abuelo, el papá de mamá, tuvo sexo con la segunda mujer de mi abuelo, el papá de papá. ¿Se entiende? Yo no sabía muy bien qué era el sexo. Bah, sí, sabía que era algo de estar desnudos un hombre y una mujer en una cama. Esa misma vez mamá me dijo mientras me contaba el cuento de un pirata que tu otra abuela, o sea, mi mamá, se suicidó, a veces pienso que yo voy a terminar como mi mamá, lo único que quiero es que no veas cuando lo haga, yo sí vi cómo se suicidaba mamá. Me hacía pis, entré al baño, ella estaba tomándose las pastillas de varios frascos. Me gritó andate.
No sabía qué era “suicidio” cuando mamá me lo contó. Pero no esperé a ser más grande. Agarré el diccionario.

Papá vive en un departamento que alquiló. Papá también tiene novia, como el abuelo. La novia de papá es más joven que mamá pero más grande que yo.
Al abuelo y a papá les gustan las mujeres con enormes tetas.
Mamá también tiene enormes tetas. Cuando quedamos solos ella y yo viviendo juntos dormí dos años en su cama, me gustaba esperar a que se quedara dormida, entonces le pasaba el brazo por encima del cuerpo y le tocaba las tetas; a ella le gustaba, supongo que pensaba que no era yo; dormida me apretaba la mano contra sus tetas y a mí se me paraba el pito. Son lindas las tetas de mi mamá, todavía son lindas. Pero ya no me dan ganas de tocárselas cuando duerme; está más vieja mamá pero no es por eso. Ahora mamá me causa un poco de rechazo, me gustan otras chicas, no mamá. Hay una chica que va a cuidar a mi abuela, es joven, tendrá uno o dos años más que yo. A esa chica la quiero tocar. Quiero un día ir de visita a lo de mi abuela y tocar a la chica que cuida a mi abuela. Quiero que me toque ella también a mí. Que nos toquemos. Papá me enseñó que las mujeres cuando se arreglan el pelo y te miran es porque quieren tener algo con vos. La chica que cuida a mi abuela a veces cuando me mira se arregla el pelo. Tengo muchas ganas de tener algo con la chica que cuida a mi abuela. Me gustaría pegarle, también, en las nalgas, pegarle y decirle barbaridades.
La abuela hace tiempo que está sorda, no nos va a escuchar. Seguro la chica que cuida a mi abuela ya se trajo a los novios a la casa de mi abuela y mi abuela ni enterada. Mi abuela está vieja, sorda y gorda. Por eso se la ve triste. Ser viejo es que nadie nunca más te quiera como antes, y a mi abuela le gustaban mucho los hombres. Bastante.
El abuelo en cambio dice que todavía le funciona. No sabés nene qué bien me funciona, me dice mi abuelo adelante de su novia.
Su novia se ríe, me mira la bragueta.

Al novio de mamá se le suele parar el pito cuando está con mamá. Es pelado como mi abuelo. Una vez los espié y me quise matar. Me quiero matar cada vez que entro a facebook. Todos se olvidan facebook abierto. Mamá, papá, los novios de mamá y papá. También la chica que cuida a mi abuela. Dejan abierto el chat.
Yo leo:
Cómo me gustás.
Te la voy a chupar.
Putita.
Gatito.
Putito.
Te amo.
Te parto.
Y los odio. A los novios de papá y mamá. A mi abuela y a mi abuelo y a mi otro abuelo aunque no usen facebook. A mamá y papá también.
La novia de papá es una gorda.
El novio de mamá es pelado y además un pelotudo.
Antes de conocerlos los conocí por facebook: vi las fotos de los novios de mamá y papá en facebook; ellos todavía no cuelgan fotos con mamá o con papá, parece que lo tienen prohibido aunque garchen en cuanto rincón encuentren libre de mí. Espero que no cuelguen ninguna foto. Nunca. Que nunca jamás lo hagan. Porque si lo hacen lo mato. Los mato a los cuatro. Despacio. Los mato y les robo todo el dinero que me deben.
Tengo todavía una foto con mamá y papá. La guardo en un cajón. Ahí estamos papá, yo, mamá, en ese orden. Soy el centro del corazón que forman mamá y papá. Qué hijos de puta. Qué irresponsables de mierda.
¿Por qué me hicieron esto?
¿Por qué me engañaron?
¿Se querían en la foto?
¿No tenían novios en la foto todavía?
¿Y cuando me hicieron?
¿Y cuando papá le metió la semillita a mamá?
¿Ya la querías papá?
¿Ya lo querías mamá?
¿Puedo creerles?
¿Puedo?

De noche no puedo dormir. Solo puedo dormir si me imagino con una pistola. Salgo por las noches con mi pistola y mato a los novios de papá y mamá. Bang, bang, bang. No quiero que papá y mamá estén con novios. Quiero que mamá y papá estén solos. Si no pueden estar juntos otra vez, que estén solos. No me gusta que papá tenga sexo con su novia. No me gusta que se cojan a mi mamá. No me gusta que quieran hacerme entender que es normal que todo esto suceda. No me gustan ellos. Mamá. Papá. El sexo. Podrían no haberme hecho nacer. Hubiera sido sencillo. Yo ya sé cómo hay que hacer. Hace años nos mostraron un preservativo. Menos tiempo atrás, a la salida de una fiesta, me regalaron tres. Pensé en la profesora de inglés. Me gusta. Todos estamos locos por la miss. Usa blusas que no se abrocha del todo, está casada, tiene hijos. Está rebuena.

Escribo Mamá.
Escribo Papá.
Escribo No se puede vivir tranquilo en un mundo lleno de hijos de puta.
Quiero saber cómo perder la cabeza.
Quiero dejármela tirada en una plaza, debajo de un camión, en un basural de las afueras de esta ciudad tan horrible dentro de este país más feo.
Quiero perder la cabeza y cómo perder la cabeza, me pregunto. Cómo perderla, cómo, cómo, me digo.
Cómo perder la cabeza se llama un librito que encontré en los saldos de una librería espantosa, con las novedades en primera fila. Cómo perder la cabeza les digo a las chicas desnudas de las revistas. Cómo, me sigo preguntando cuando mamá llega del trabajo y me dice hola mi amor.
Ya sos grande, me dijo papá hace unos meses, ¿la pusiste?
A mí solo me importa perder la cabeza. Saber cómo.
Cómo perder la cabeza no tiene un autor, nadie se hace responsable. Seguramante son varios. Debajo del título hay un subtítulo: Manual de instrucciones. A veces pienso que es una joda. En el colegio me hicieron leer algunos manuales de instrucciones. Una vez armé una pista de autos con la ayuda de un manual de instrucciones. No me gustan los manuales de instrucciones. Pero esto parece ser otra cosa.
En Cómo perder la cabeza no se toman seriamente la consigna, tratan de demostrar que es posible perder la cabeza rápidamente, y que luego es muy difícil encontrarla.
En Cómo perder la cabeza, en la E de estofado, te explican cómo emborracharte para perder la cabeza por un rato.
En la H de hongo, te enseñan a hiperventilarte, dicen que si te hiperventilás tres o cuatro veces por día comenzás tarde o temprano a perder la cabeza.
En realidad casi todo el libro habla de hiperventilación.
Cómo perder la cabeza es un libro dedicado a la hiperventilación.
Dicen que tenés que hiperventilarte mientras tratás de escribir tu historia, dicen que en una semana quedás fuera de servicio. Hace quince días que vengo escribiendo despacito, como me sale. Mareándome. Hago lo que puedo y no es fácil. Pero aquí estoy. Todavía en mis cabales. Todavía lúcido. Sin perder la cabeza.
En la A de amor hay un pequeño apartado que nada dice acerca de cómo perder la cabeza por amor.
En la S de sexo no hay sexo ni nada. Está la S y no dice nada.
En la tele pasan un partido de fútbol. Afuera en la calle camina un perro y atrás va su dueño.
Mañana tengo inglés. Mañana me voy a enamorar otra vez de la miss mientras nos dé clase. Y me voy a poner triste y voy a ir a visitar a mi abuela. Que ya está vieja, sorda y gorda. Y le voy a proponer a la chica que la cuida si quiere ser mi novia.
O no voy a hacer nada de eso. No sé.
En la C de Cómo perder la cabeza dice cama, que lo mejor es no salir más de la cama.
En la E dice que hay que escribir sin parar. Que así perdés la cabeza rápido.
En la X no hay nada.
En la W tampoco.
En la D dice drogas. Y en la P pastillas.
Pastillas.
Pastillas.
Voy a buscar trabajo. Voy a juntar dinero. Voy a comprarme pastillas y una pistola. Lo demás está todavía en mis sueños. Pero aunque me cueste un Perú sé que lo voy a sacar de ahí.
Por ahora solo salgo en sueños por las noches con mi pistola. Pero una vez todo va a ser cierto. En la P de pastillas también dice que hay que tener paciencia, que no perdés la cabeza de la noche a la mañana.

19.1.17

Puesto

Una de estas mañanas tristes y solitarias recibí el telegrama. Rezaba que debía presentarme el 25 de octubre a las siete en punto en el colegio tal para ser suplente de mesa y que de no concurrir me meterían preso de seis meses a un año. Fue el corolario de esta primavera indecisa y que tan mal me tiene sin mis hijos todos los días, con el divorcio a punto de salir y el bajón anímico que no cesa como la falta de trabajo y mujer. Oscilo entre un departamento que me prestan y la casa de mis ancianos y autoritarios padres que no paran de hacerme la vida más imposible calificándome de vago, roñoso, estúpido.

El telegrama también detallaba una serie de trámites a realizar si por cuestiones de salud no podía asistir a la mesa de los comicios. Llegué a tener el justificativo cierto de mi depresión severa y también cierta de mi psiquiatra. Pero por desidia no continué con los trámites y me dejé llevar por mi obligación cívica, por mi carga como ciudadano normal para el Estado que no me conoce y por lo tanto no sabe de mis fobias y mis miedos, de mis tristezas y angustias. Para el Estado soy un hombre fuerte, todavía casado, con trabajo y optimismo. El Estado argentino es ciego.

Los días que siguieron a la llegada del telegrama fueron de quejas, miedo y pánico. ¿Cómo fumaría mi atado diario de cigarrillos? ¿Cómo me mantendría sentado doce horas a la mesa de votación? ¿Quiénes serían mis compañeros? ¿Y si faltaba, por poner el caso más gravoso, el presidente de mesa? ¿Estaba en condiciones de ser presidente de mesa? A esa última pregunta mi respuesta era no. Según mi médico tratante, a quien dicho sea de paso solo le interesa el dinero, no tengo problemas cognitivos sino emocionales. Pero lo emocional contamina lo cognitivo y termina por estropearlo. Ahora mismo escribiendo estas cosas tengo la memoria y la imaginación de una ameba, y un dolor de muela que persiste desde antes del día de votación.

Junto al telegrama venía un folleto sintético y explicativo de los pasos a seguir. Algo que me ponía todavía más nervioso. Recuerdo que me anoté en un curso en el Teatro General San Martín para dos días antes de la votación. Recuerdo que no asistí al curso y que un día antes me bajé de Internet un "instructivo" o "manual" para proceder como autoridad de mesa y que me lo leí sentado en un sillón mientras se hacía la hora de buscar a mi hija a una fiesta de quince a la una treinta. Leí el instructivo y me sentí el hombre más infeliz del mundo.

Por esos días previos a la votación apareció Alexia, kazaja emigrada, divorciada, dos hijos. No llegó a renovarme las esperanzas pero mi encuentro con ella resultó satisfactorio. Fue en un Mc Donalds ahí por Luis María Campos, todo gracias a los sitios de solos y solas de Internet.

Ella llevaba su termo y su mate. Yo bebí un café. Luego me conformé con sus mates. Mates amargos. Me habló de su vida. Nacida en Almatý, había vivido en Tel Aviv y ahí conocido a su ex, un judío de origen argentino que le había obligado a ponerles de nombre a sus hijos Ruth y David. Me habló también de una restricción que tenía su ex para ver a los hijos. Era maestra primaria y recién la habían operado de una hernia. Sus anteojos no tapaban sus ojos claros. Sus facciones me parecieron perfectas, pero no estaba en condiciones de opinar sobre la belleza o la fealdad de nadie; demasiadas pastillas.

Yo había llegado mal vestido, mal dormido y con un miedo atroz a las mujeres. Ella me sacó los miedos por un rato. No la tristeza, pero sí los miedos. Le comenté lo de la votación. Le comenté que no podría fumar. Me desilusionó que fuese una férrea antitabaco. No aguantaba el humo del cigarrillo ni el aliento a cigarrillo. Cuando salimos a la calle y encendí uno me dijo que entonces se iba. Para no perderla tan rápido arrojé el cigarrillo al suelo.

Caminamos varias cuadras. Alexia tenía que hacer un llamado telefónico y misterioso desde un locutorio. Se quejaba de las tarifas de los teléfonos celulares y su teléfono además no tenía capacidad para el guasap. Nos despedimos cuando llegó a destino. Yo seguí hasta donde había estacionado el auto, otra vez sintiéndome el hombre más infeliz del mundo.

¿Le habría caído bien? ¿Le habría gustado mi aspecto desalineado? Misterio… Lo cierto es que días después de la votación se ofreció a contener mi temor a los dentistas y me acompañó a la guardia odontológica del Hospital Italiano. Eso no lo hace cualquiera, me dije. Todavía me lo digo. Me queda el interrogante de si lo hizo porque le intereso o porque es simplemente una buena samaritana. El futuro y mi estado de ánimo tienen las respuestas. Yo no sé. Sigo triste. Tristísimo.

***

Los nervios, mis nervios, los días previos a la elección, crisparon a mis ancianos y autoritarios padres, me los pusieron más de enemigos. En el ínterin mi hermana fue madre por cuarta vez y toda la atención se dirigió hacia ella, de manera que me quedé solo con mis quejas y temores de fallar en la mesa de votación, de largarme a llorar, de no ser capaz de enfrentar mi deber cívico.

Hasta que llegó el día. Dormí mal. Los remedios cada vez me hacen menos efecto. Soy una ardilla asustada. Me preparé un termo con agua caliente, el mate, la yerba, una botella de agua mineral, todo lo metí en una bolsa, y en la mochila llevé el manual de instrucciones y el telegrama. Varias veces en el camino de diez cuadras debí beber agua. También llevé chicles de nicotina carísimos e inútiles para quitar las ganas de fumar.

No bien llegué al colegio comenzó mi dolor de muela. Fui el primero en llegar a la mesa y aguardé en un banco la llegada de los otros. Gracias a los númenes a los diez minutos apareció una mujer más o menos de mi edad, la presidenta de mesa. Ella ya contaba con la experiencia de las PASO, la tenía lo que se dice clara.

Acepté todas sus indicaciones. Me puse siempre un paso atrás mientras los empleados del correo entregaban la urna y el sobre plástico con un montón de documentación a llenar. Me limité a firmar donde correspondía. Bebí más agua. La muela me estaba empeorando y todavía no eran las ocho. Extrañé a mis hijos. Esa noche se habían quedado a dormir conmigo en casa de mis ancianos y autoritarios padres. Antes de salir besé a cada uno. El mayor votaría más tarde en mi mesa y me saludaría de lejos, como avergonzado del padre nervioso, deprimido y desocupado que tiene.

La presidenta fue de una gran contención para mí. Me permitió ir al baño todas las veces que quise. Lo mismo hicieron los fiscales del Frente para la Victoria y Cambiemos nomás llegaron. A todos les expliqué que tenía un dolor de muela indecible que me hacía beber mucha agua para aliviarlo. Varias veces me tenté a fumar en los baños, pero temí que uno de los gendarmes me pescara en esas y me metiera preso o por lo menos me abochornara frente a todos.

Acondicioné, guiado por la presidenta, el cuarto oscuro. Fui a pegar el padrón a la entrada del colegio también según sus órdenes. Sería un día paradójicamente muy peronista. Pegué otro cartel sobre las reglas de juego de esto de votar. El telegrama también rezaba que si había balotaje debería volver a ser suplente de mesa. Hoy, con los resultados dados, vuelvo a temblar, esta vez, por el 22 de noviembre. No quiero volver a ser autoridad de mesa. Creo que esta vez haré valer mi certificado médico.

A las ocho en punto se iniciaron los comicios, como debía ser. Estaba la mesa toda lista y comenzaron a llegar los votantes. Yo me limité a marcar con una cruz a cada uno de ellos en mi lista personal entregada por la presidenta. Ella me preguntaba el número de orden que a su vez el fiscal del Frente para la Victoria me soplaba y así se repitió la dinámica todo el día, a excepción de mis ausencias para ir al baño, frecuentísimas.

Volví a extrañar a mis hijos, a mi vida de familia perdida, a mi hogar perdido. No quise preguntarle a ninguno de mis compañeros a qué se dedicaba para no responder que mi caso era la lisa y llana desocupación. No quise pasar mayor vergüenza.

Con el material del correo venía una vianda. La revisé. Alfajores, galletitas, caramelos. Nada para calmar mi ansiedad. Me clavé un clonazepam de dos miligramos nomás pude, sin disimular, como si fuese un tranquilizante para mi muela. Ya me había tomado otro a la mañana en casa de mis ancianos y autoritarios padres. No me había hecho efecto. Llegaban los votantes y no les miraba la cara. En el mejor de los casos me anticipaba a los fiscales de mesa y recibía los documentos para chequearlos en la lista y marcarlos con una cruz. Eran muchos y en su mayoría muy menores que yo y no sé por qué eso me entristeció aún más. Gente menor, capaz de tener un trabajo, una familia, salud mental. Todo colaboró a extrañar más a mi pasado donde fui un hombre normal. Ya no lo era. Estaba claro. Ya no lo era desde hacía dos años.

Mi médico tratante, que dicho sea de paso es un hijo de remil putas al que me someto porque ya no sé qué hacer, dice que tengo depresión y trastornos de personalidad dependiente. Yo sé que lo segundo comenzó en mi adolescencia. No me podía resistir a las órdenes de mis padres, especialmente de mi padre. Me deprimían sus retos, sus prohibiciones, creo que me comí la adolescencia de esa manera y ahora tengo miedo a estar solo. Y cuando lo estoy entro en pánico. Pero no tiene la culpa mi padre, él es solo un detalle. Un anexo.

La mesa continuó su largo peregrinar de votantes, en su mayoría jóvenes. Muy jóvenes. Hacia el mediodía mi dolor de muela comenzó a calmarse y empecé con los chicles de nicotina. Mentolados, dejaban un sabor como a café en la boca. Con ese masticar seguí marcando crucecitas. Ya me sentía un preso. Entraba con rabia un sol peronista y caliente a través de las ventanas del pasillo del colegio donde nos encontrábamos. Engrandecía mi sombra ese sol. Y envidiaba el entusiasmo de la presidenta y los fiscales, esa cadencia de cumplir con sus funciones como quien anda en bicicleta sin fatigarse. Yo estaba fatigado.

Vi llegar a mi anciano y autoritario padre que me saludó con una mano. Votaba en otra mesa por suerte. Si no se hubiera puesto a hablar conmigo y a darme indicaciones. Se retiró de la misma manera, con la mano en alto y creo que no pudiendo creer que todavía me mantuviera frente a la mesa, cumpliendo con mis obligaciones. Yo tampoco lo podía creer.

En un momento de paz pedí permiso a la presidenta, salí a fumar a la vereda un cigarrillo de verdad. No me alivió. Me llenó de más ganas de fumar. Alexia, que tampoco me deja fumar, no sabe lo que padezco la abstinencia. Ahora mismo escribo masticando un cigarrillo de nicotina. Me recuerda la tortura de mi condición de subnormal autoridad de mesa. El Estado realmente debería evaluar con un psicotécnico a las autoridades de mesa. No todos los mortales estamos en condiciones de semejante responsabilidad. Aunque me haya bancado toda la jornada, aunque me haya ido del colegio con una tristeza superior, yo no estaba en condiciones ni de marcar las cruces de los votantes, y mucho menos de asistir al recuento de votos. No sé cómo lo hice. Mi anciano y autoritario padre repite las palabras de mi médico tratante: que todo lo hice porque no tengo mis condiciones cognitivas alteradas. ¿Pero el padecimiento psíquico qué? ¿Eso no cuenta? Padecí mucho, muchísimo. Más cuando lo vi llegar a mi hijo mayor a votar acompañado de sus dos hermanos menores. El más chiquito me dio un abrazo como dándome ánimo, valor. A mí se me revolvieron las tripas. Tan chiquito y con su padre inútil, incapaz de defenderlo. Me besó y me besó. Una votante que aguardaba exclamó “qué cariñoso”. Habrá imaginado que yo tenía mujer, hogar, trabajo, salud mental, todo junto. Habrá fantaseado con esas cosas irreales en mí, tan irreales como un elefante rosa.

Cerca de las tres me animé con el mate. Temí que me volviera el dolor de muela pero ya estaba muerto de cansancio y con los nervios destrozados. El mate me levantó un poco y mi dentadura no acusó recibo. Debí prepararlo en etapas porque se habían amontonado muchos votantes frente a la mesa. Se me cayó parte de la yerba en las piernas y el piso. Apoyé en otra silla el mate para marcar las benditas crucecitas. Al fin logré llenar el mate con la yerba y ubicar la bombilla, y bebí mate. El fiscal del Frente para la Victoria había sido llevado por los suyos a votar a otro colegio. Quedaba el de Cambiemos, que tenía la voz muy baja y una edad que no alcanzaba los veinticinco años. Me costó escucharle los números de orden. Tanto me costó que terminé por abandonar el mate y meterme otro chicle de nicotina en la boca. La presidenta, mientras tanto, con habilidad cortaba los troqueles, los juntaba con los documentos y esperaba a que los electores salieran del cuarto oscuro a la luz del sol creado por Perón que ese día sería entristecido no por la derrota electoral, sino más bien por la sangre azul marina de los ganadores.

Algunos votantes trajeron cosas para nosotros. Chocolate en polvo para mezclar con agua. Caramelos. Barritas de cereal. Me comí una, tras otra incursión al baño para tirar el chicle. No me hizo bien la barrita. Me cayó pesada al estómago. Vi la hora en mi celular. Ya quedaban menos de tres horas, una eternidad.

A mi regreso el fiscal del Frente para la Victoria ya estaba de vuelta. Ahora era el turno de llevarse al fiscal de Cambiemos a votar a otro colegio. Envidié las ganas con las que todavía sobrellevaban la elección. Estaban sanos. Seguramente tenían novias y proyectos de familia. En mí todo estaba roto.

Llegadas las seis un gendarme avisó que las puertas del colegio ya estaban cerradas. Entramos entonces al cuarto oscuro. Yo cargué la urna, el subnormal cargó la urna con los votos. La presidenta le quitó la faja protectora y la abrió.

A instancias de los fiscales dividimos los sobres en piloncitos de a diez. No hubo diferencias entre el recuento de votos y los troqueles cortados por la presidenta. Todo había salido perfecto. Ahora me tocaba volver a mi vida normal. A mi cama. A echarme a rezar por los míos y por mi salud. Aunque Dios no escuche. Aunque esté sordo conmigo. Sordo y mudo.

En la mesa fue triunfo rotundo de Cambiemos. Vislumbré el balotaje. Traté de consolarme pensando en Alexia, en que volveríamos a vernos. No me sirvió de mucho. Cuando llegué a la casa de mis ancianos y autoritarios padres sonaba el televisor. Todavía había que esperar para algún resultado. A mí me importó muy poco.

Mis hijos estaban repartidos en diferentes ambientes, frente a diversas formas de pantalla.

Dejé la mochila, el mate, el termo; todo lo que había llevado para la votación, lo dejé en la cocina. De un bolsillo saqué el blíster de pastillas, me clavé un par más, convencido de que hacía lo correcto.

El cuarto donde dormía por las noches, el que había sido mi cuarto de soltero y que desde hacía más de un año se había transformado en mi triste cuarto de hombre separado cuando allí pernoctaba, ese cuarto estaba libre. Oscuro. Solo. Me encerré en él. Pero uno de los chicos abrió enseguida la puerta y sin encender la luz se recostó a mi lado. Era el más chico. "¿Me puedo acostar un rato con vos, papá?", preguntó. "Sí, claro", le dije. Después de ese día ya no recuerdo más nada. Se me olvidó todo. Solo retengo que mis ancianos y autoritarios padres trataron de despertarme y preguntaron por cómo me había ido. Pero nada pude responderles ya, también retengo. Tenía encima como ocho miligramos de clonazepam. Estaba lo que se dice puesto.